“Horlinda”
Inés vivía en un pequeño departamento en el centro. A pesar del espacio reducido y la ausencia de lujos, se fascinaba con la idea de sentarse cada tarde en el balcón, sintiéndose encumbrada en el cielo, disfrutando simplemente de un puñado de frutillas.
Esa tarde, cuando todo cambió, Alejandro había llegado a verla trayendo una bolsita llena de chocolates.
Ellos se habían conocido hace 15 años, pero en aquella época él estaba casado, y ella era la mujer de un marinero francés que la visitaba cuatro veces al año.
Alejandro era poeta, escritor, y profesor de baile flamenco. Había dejado de bailar por una rara dolencia en la espalda, pero aún conservaba el garbo y la prestancia de antes. Estaba separado, y tenía un hijo robusto y fuerte, que ya estaba hecho todo un hombre.
Inés estaba dedicada a la artesanía, hacía pequeñas brujas y flores que armaba afanosamente con piedras y alambres que recogía de tarde en tarde. Ganaba lo suficiente para vivir, y sentía que era feliz con lo que hacía. Incluso había comenzado a enseñar este raro arte, para aquellos que querían mantener flores que no marchitan nunca…Del marinero francés sólo guardaba una foto- archivada en su historia- donde él lucía su uniforme, con un vistoso pompón rojo en la gorra.
La tarde de la visita, cuando Alejandro e Inés estaban en el pequeño balcón, él la besó tiernamente. Ella, sorprendida y asustada, entendió que el marinero francés jamás volvería a su vida.
Alejandro, haciendo un alto en su vida –más bien intelectual y solitaria-, se había dejado llevar por el extraño placer que le provocaba el aroma de ella. Estos nuevos compañeros, él más silencioso y ella más conversadora, comenzaron a visitarse continuamente.
Alejandro era un hombre de unos 40 años. De su padre, un profesor de historia y navegante de los fiordos del sur de Chile, había heredado los ojos, la mirada profunda, una calva incipiente, y el espíritu de lucha que lo hacía mantenerse en pie. Su madre, una mujer alta, fuerte y jovial, era una reconocida artista. De ella había heredado el poder de decisión, la sonrisa y las capacidades artísticas.
Inés lo miraba con recelo, tenía curiosidad y un poco de temor, todo revuelto. Sabía que algo ocurriría aquella noche tibia, que anunciaba la primavera. Hicieron el amor por primera vez en la casa de Alejandro. Sin saberlo, sus vidas habían cambiado para siempre; ya nunca volverían a ser los mismos. Él lloró de emoción, y ella sintió un extraño malestar que la hizo levantarse rápidamente al baño. Al mirarse en el espejo vio que tenía unos enormes bultos que le salían de la espalda. A cada segundo aumentaban más y más. ¡Son alas! ¡son alas! salió gritando desnuda por el pasillo. Miró a Alejandro a la cara y éste soltó una tremenda carcajada. ¿Cómo van a ser alas? ¡Estás cada día más loca!, y continuó con una enorme carcajada. Es que a Inés le encantaba interpretar distintos personajes para él, y Alejandro pensó que sólo se trataba de una de sus bromas. Se acercó a ella y vio con espanto que comenzaba a asomarse un cúmulo de plumas multicolores. La espalda ensangrentada de Inés lo asustó mucho. Enmudeció por unos minutos. –“No te asustes”, dijo Inés limpiado la sangre que comenzaba a secarse cerca de la cintura. –“Yo una vez tuve alas, pero estaban enfermas y mutiladas. ¡Ahora me volvieron a salir!”. No terminó de limpiarse y comenzó a bailar sonriente, tarareando canciones desconocidas para su amante. “Tengo alas, tú me las devolviste, amor, esto es un carnaval, carnaval, carnaval, carnaval, carnaval, carnaval”, cantaba y movía las alas, que en ese momento se presentaban enormes, lustrosas y coloridas. “Acércate, tócalas, son suaves”, le dijo a Alejandro que continuaba sin entender lo que ocurría. Ella se acercó sigilosa, intentando replegar sus alas para no asustarlo. “Este será nuestro secreto, ahora puedo volar, gracias a ti”. Luego metió su lengua en el oído de él como siempre lo hacía. Él la abrazó como pudo, intentando no aplastar las alas. La besó profundamente, y se hizo cómplice del secreto.
Durante el día las alas se mantenían recogidas, y casi ni se notaban. Si alguien la miraba raro, ella decía que había engordado un poco, y si se asomaba alguna pluma ella, con distinción y personalidad, decía que se trataba de un adorno polinésico que llevaba para la buena suerte. Se vestía con ropa suelta y floreada para disimular.
Para Alejandro no era nada fácil entender a este personaje tan raro que se había transformado en su pareja. Pero, casi sin entender la razón, le encantaba su compañía. Él era un hombre lleno de historias, de viajes por el mundo, de luchas interminables. Para Alejandro la justicia social era uno de los motores en su vida. Escribía en una destacada revista y siempre había sido admirado por sus pares. Para Alejandro el amor era fundamental. El amor en todas las dimensiones. Amaba a su familia, a sus amigos, a sus “compañeros” como acostumbraba llamarlos. En ese intento de encontrar el amor de una mujer, había llegado a los brazos de la alocada e impetuosa Inés.
Hacían el amor con una intensidad sorprendente, incluso perdían el conocimiento, y sólo con unos sorbos de agua podían recuperar el aliento. Aquella mañana había sido como siempre. Los gemidos de ella, la emoción de él, se sumaban a las alas extendidas de ella que aleteaban fuerte cuando él la poseía. Varias veces se cayeron las lámparas y los cuadros de la habitación con el golpeteo de las alas. Alejandro se había acostumbrado a pedirle a su compañera que cumpliera algunos placeres para él. “Ráscame” solía decirle, a lo que ella accedía amorosamente. Con la punta de las alas rascaba cada rincón del cuerpo de su amante. Lo satisfacía, y claramente también era un placer para ella.
-“Quiero irme de aquí, quiero vivir lejos, en la playa”, dijo ella esa mañana mientras Alejandro la abrazaba amorosamente luego de hacer el amor. Le insistió “Quiero que nos vayamos lejos”. Él la besó como hacía siempre, mordisqueando sus labios, metiendo la lengua en su boca y jugueteando con la de ella. “Quiero que me tengas entre tus uñas, en tu pelo, dentro de ti. Quiero que cuando estés sola me sientas, ahí donde siempre quiero estar. Quiero comer tu boca, llevarme tu olor”, le dijo al oído como a ella tanto le gustaba.
Ella se incorporó, lo tomó de la mano y lo llevó hacia el pequeño balcón. ¿Ves lo que hay allí, en el horizonte? –“Allá está el mar”, le dijo él, aún semidesnudo. –“Abrázame fuerte” dijo ella. No había terminado de pronunciar aquella frase cuando las alas comenzaron a aletear como nunca antes. Se elevaron. ¡Bájame! ¡Bájame! , gritaba Alejandro que sólo vestía calzoncillos. –“No tengas miedo, respira profundo y abrázame”. Como un ave experimentada comenzó a avanzar hacia el mar. Sus alas multicolores se extendieron, y quienes circulaban por la calle a esa hora nunca olvidaron esa escena. Alejandro se abrazó fuerte y no dijo nada más. Sólo la besaba de vez en cuando, y disfrutaba de la brisa marina que poco a poco empezó a inundar los pulmones de ambos.
-“Allá está la Caleta Horlinda, es ahí donde quiero bajar”, dijo Inés. El descenso fue impecable. Cuando pusieron los pies en la arena soltaron unas carcajadas enormes que anunciaron su llegada a los habitantes del lugar. Rieron tan fuerte que las gaviotas se asustaron y volaron mar adentro. Todo el pueblo se acercó a la orilla a recibirlos.
Antes que se dieran cuenta los lugareños, Inés había recogido sus alas, y su amado había buscado rápidamente unas algas para cubrirlas. Nadie las vio. Además en Caleta Horlinda cada uno vivía su vida relajadamente, sin prejuicios. Seguramente alguna vez había llegado al lugar algún visitante alado. Quién sabe.
Alejandro e Inés encontraron una pequeña cabaña abandonada, que arreglaron y decoraron con coloridos elementos. Redes de pesca, conchas marinas, pedacitos de madera pintados, flores amarillas –que Inés también lucía en el pelo- eran los elementos preferidos de ambos para adornar el lugar. Para alimentarse no se hacían mayor problema. Pescados, frutas y café eran parte del menú diario. A Alejandro le encantaba el café por las tardes. Inés se preocupaba de hacerlo tal como a él le gustaba. “Es menos de media taza, es un poquito”, le repetía él hasta el cansancio. Finalmente, ella había encontrado una tacita especial para él, confeccionada por un artesano de la caleta, que hacía la medida justa.
Su principal entretención era salir a caminar por la playa. Ella guardaba entre sus alas algunos granos de café, que le daba a veces a su amado para que mordisqueara mientras estaban tendidos en la playa.
En la capital se dice que están locos. Cuentan sus conocidos que el hijo de Alejandro los visita continuamente, llevando algunos chocolates y mucho café.
Los lugareños, felices y desprejuiciados, dicen que los amantes –abrazados y desnudos- a veces sobrevuelan la caleta. Dicen que las carcajadas ensordecedoras de la pareja ya no asustan a las gaviotas, que él volvió a bailar flamenco porque sanó de su espalda, y que ella continúa interpretando personajes para él. Dicen que Alejandro e Inés hacen el amor entre las rocas, y que no es raro encontrar alguna de las plumas de las alas de ella flotando en el mar de Caleta Horlinda…